La cruz del albañil

Adriana Castillo Flores/e-consulta

Después de 24 años de ejercer la albañilería, Antonio Ramos no se queja. Tiene un sueldo semanal cinco veces mayor de lo que obtendría como un asalariado que solamente terminó la primaria.

“Yo me dedique a esto por unos amigos. Dicen que gana uno más y viéndolo bien, sí. En centros comerciales es lo mínimo. Imagínese 50 varos. Es lo de mis pasajes diarios”, menciona en referencia al trabajo de su padre, quien laboraba en una plaza.

Delgado y con poco más de metro y medio de estatura, se ve más joven que los 42 años que suma de vida. Es de sonrisa fácil y de pocas palabras. Una gorra sin marca le cubre parte de la melena suelta que le llega casi hasta los hombros.

Él inició su trabajo en la construcción como chalán a los 17 años, “porque mis papás me mandaron por la situación económica”, relata el albañil, después de que por el sismo de 1985 se mudara del Distrito Federal junto con su familia a Puebla.

“Empecé a rascar con pico y pala, después poco a poco va uno subiendo. Luego empiezas a oficiar, a pegar tabique, revocar, detallar. El chalán nada más hace la revoltura, moja el tabique”, enumera en el Día de la Santa Cruz, que también celebra a los que se dedican a la albañilería.

Actualmente es un oficial fierrero, dedicado a cortar, medir y montar estructuras metálicas en las construcciones. Trabaja de ocho de la mañana a las cinco de la tarde en una obra de la 23 sur y la 9 poniente, y destaca con orgullo su participación en la edificación de las torres JV, tanto en la Vía Atlixcáyotl como en la avenida Juárez. Su labor es remunerada con mil 1800 pesos a la semana.

El trabajo duro le alcanzó para mantener a una familia de tres hijos y su mujer, que formó al poco tiempo de que comenzó a desempeñarse como albañil. “Pero ya me quedé sólo, ya todos están casados”, dice con pesar, ya que después del divorcio de su esposa, la casa donde vivían en Balcones del Sur le queda grande.

Aunque el menor de sus vástagos, de 19 años, está empezando su carrera como albañil, por lo que le hace compañía en la obra. “Es que me dijo que no, que ya no quería estudiar. Me dejó al semestre… ni a un semestre de empezar el bachillerato”, acusa con un tono desesperado.

Respecto a las faenas pesadas que realiza de lunes a sábado, menciona que en un principio es difícil por el desgaste físico, pero el cuerpo se acostumbra: “Se tarda unos tres meses, pero con un baño de agua caliente se relaja y todo se le cae a uno”. Aparte confiesa que ha sido afortunado porque en casi un cuarto de siglo, nunca ha tenido un accidente laboral, pero sí ha visto a compañeros que han muerto en las obras. “Lo más peligroso son las alturas, uno se puede caer, aunque eso ya es por descuido”, señala.

Otro de los inconvenientes de su oficio es la denostación general hacia los trabajadores de la construcción. “Muchas personas lo ven a uno de albañil y lo tratan luego de lo más bajo”, por lo que pide que se valore más su quehacer diario. “Gracias al albañil tienen sus casas, ni modos que lo haga un licenciado”, apunta con coraje.

Sin embargo, al ser empleado de una constructora — “Quintana de Puebla”, fundada hace 30 años por José Antonio Quintana Fernández — cuenta con afore y afiliación al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), aparte de que siempre está ocupado y no se queda por temporadas sin percibir un sueldo, como otros albañiles que son empleados temporales.

Por estas razones reconoce que el oficio de albañil le conviene. “En mi caso, ahorita sí porque gano más de lo que se puede ganar en otro lado”, finaliza Antonio Ramos, y una sonrisa respalda sus palabras.


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